52/11: Colapso

Laura
4 min readApr 24, 2023

Más de dos años sin haber ido con la médica por una gripa, le dije. “Ahora todo lo medimos con la pandemia”, me dijo mientras caminábamos sobre Eje Central después de haber tomado café y comido un pastelito. Antes o después de la pandemia.

Sobre Municipio Libre.

Ese domingo le hablé a mi mamá temprano. Me sentía muy mal, ni siquiera me descobijé. Le marqué abajo de las cobijas. Estaba dormida cuando llegó. No podía levantarme. Ahí me puse a llorar. Es que no puedo, me siento cansada. El día anterior mi nariz no había dejado de gotear mientras escaneaba los documentos. Las semanas previas sentí que venía la gripa y según yo la había vencido.

Entre el trabajo, la universidad y las labores domésticas, seguía llorando abajo de las cobijas, me consumen. Ella me escuchó atenta. Sentía que no se lo podía decir a nadie, no lo entenderían. Y es que no sé porqué no puedo. Lo hice antes y lo logré. Lo logré con honores y seguí avanzando, pero ahora no pude.

En la filosofía me he dejado llevar. Ha sido el único campo en el que he fluido. Como dicen: tú fluye. Pues ahí he fluido. Desde la prepa con estética y el descubrimiento de las preguntas fundamentales, hasta la otra universidad con filosofía de la educación y Wittgenstein. Fue filosofía de la ciencia la que me llevó hasta el posgrado. Cuando entré a la fac de filos dije: hasta donde llegue está bien. Ese domingo encontré una resistencia y fue corporal. Mi cuerpo me dijo: espera. I had to surrender. The universe will have its way.

Como era domingo, tardamos en encontrar un consultorio abierto. Después de comer encontramos uno. Sin que yo se lo pidiera la médica me hizo un justificante médico, que decía que debía descansar durante tres días. “Te voy a hacer copia para que lo entregues en tu trabajo”.

Me dolió renunciar a la convocatoria. Fue un fracaso para mí, una prueba de mi mala organización. Eso pensaba, pero días después encontré paz con mi decisión. Al contrario de la tortuga de Kung Fu Panda: mi momento no ha llegado. Apliqué un “can’t do it”, le platiqué a mis primas. Sa me dijo “es un sentimiento, casi el nirvana”. Me sentí aliviada.

Le hice caso a la médica y descansé tres días de todo. Hice una lista de todos mis “quiero”. Me preocupó que no me incomodara no bañarme. Como dice el meme: ni que le gustara a alguien. Apagué las notificaciones y desinstalé aplicaciones, unas no las he vuelto a instalar y no las extraño. Seguí recibiendo mensajes. Les dije que me estaba dando un descanso y algunxs insistían en escribirme. Basta, por favor. Qué difícil es diferenciar entre solo escuchar y escuchar y dar consejos. Guardé silencio.

La tranquilidad de mi decisión de bajar la velocidad aumentó con el paso de las semanas. Mis tutoras me escucharon y lo entendieron. Alíviate, Lau”. Me daba pena decirles, sentí que les había fallado. ¿Cómo le iba a decir a la investigadora que me hizo una carta recomendación sin pedirme el proyecto? Qué fortuna haber encontrado empatía. “Cada quien a su ritmo”, me dijo Me. Seguramente ellas también pasaron y todavían pasan por situaciones similares, como me han platicado en estas últimas semanas. Además, está el ser mujer en la academia. También, en lo que va del año, he conocido a otrxs estudiantes con trayectorias similares a la mía. No estoy sola. Aprovecharé para no ir en automático al doctorado. Still running with ease. Marathon not a sprint.

Pienso cómo el sistema está diseñado para atraer a estudiantes jóvenes o que todavía viven con sus papás o que tienen mucho dinero. Así lo dije en mi entrevista cuando la reconocida investigadora me increpó sobre porqué me había colgado tanto. Y no se trata de ver quién sufre más, para eso está Twitter (y para ver quién está más deconstruido).

En esos tres días reflexioné sobre lo fácil que pierdo el equilibrio. Entonces en mi lista de mis “quiero” puse que quiero trabajar mi equilibrio. Creo que apenas en estas últimas semanas lo estoy recuperando.

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